Molotov: Apología de la Homofobia

Por David Alexir Ledesma Feregrino (redaccion@asilegal.org.mx)
@dave_lefer

(Redacción de ASILEGAL)

Quiero permitirme escribir unas líneas en relación a un tema de lo más mainstream del que muy seguramente me arrepentiré de haber hablado de forma más o menos pública (aunque prefiero llamarle «accesible», más que «pública», por adecuarse mejor a los alcances de mi voz). Es triste que la agrupación que sale aquí a colación esté nuevamente en boca de todas y de todos por reavivar el debate en torno a las libertades y las limitaciones de la expresión y del discurso de odio, más que por su ideología o la calidad de sus obras. Molotov es una banda de rock mexicana caracterizada, desde los 90, por la sátira y la ironía siempre presentes en sus letras. Su trabajo puede o no haber tenido numerosas aportaciones a la construcción de las identidades de las personas mexicanas (la cuestión escapa las pretensiones de mi presunto análisis), pero sus contribuciones a la estigmatización de diversos grupos poblacionales resultan más fácilmente palpables y presentes en el imaginario colectivo. Recientemente, dichas aportaciones han vuelto a ser señaladas por la Organización «Gay and Lesbian Alliance Against Defamation» (GLAAD), que pidiera a la agrupación musical evitar la interpretación en vivo de su tema «Puto» en los Estados Unidos Americanos (E.U.A) por considerarle ofensivo para las personas de la disidencia sexogenérica. Valga mencionar que tal consideración es suscrita por el autor de estas líneas.

Foto: ASILEGAL
Foto: ASILEGAL

El pasado miércoles 25 de julio, GLAAD hizo del conocimiento público su apoyo a la petición emitida por varias/os activistas y dirigida al grupo Molotov, con el fin de evitar que interpretaran el tema «Puto» durante su más reciente gira por los E.U.A. Dicha demanda se realizó en atención a los elementos violentos contenidos en dicho tema y que han sido ya señalados antes por otras figuras públicas. Tal es el caso de la red española Euskal Herriko Gay-Les Askapenerako Mugimendua (EHGAM; «Movimiento de Liberación Gay-Les del País Vasco») que en 1998 señaló que la canción, bajo las libertades propias de la creación artística, incita a agredir físicamente a las personas de la disidencia sexogenérica. Y es que no hace falta un análisis tan sesudo para percibir que «Puto» constituye un himno a la homofobia; a ese fenómeno de exclusión y segregación de los homosexuales que, de tan constante, nos llega a parecer normal, inherente y parte fundamental del folclore mexicano. Esta pieza de poesía crítica, política y contestataria está conformada por versos dirigidos a quien-sea con el fin de atacarle y humillarle mediante el señalamiento inquisitivo de su orientación sexual y su expresión de género. El destinatario puede ser cualquier persona: un enemigo, un futbolista, un represor o mi abuelita. Dicen ellos que va dedicada a la clase política que «atenta contra nuestra libertad». Sea como fuere, la cuestión no es si el/la aludido/a «merece» o no ser señalado e insultado; sino que para lograrlo se utiliza a las personas de la disidencia sexogenérica como alusión de lo indigno.

Con el fin de señalar a alguien que por sus acciones es calificado como inferior a la categoría de «persona», a través de «Puto», se hacen evidentes las características que lo alejan del ideal de masculinidad. Aquellos que poseen este último son, en esta lógica, dignos de respeto y admiración, además de indiscutibles sujetos de derechos. La masculinidad es colocada como un valor supremo inalcanzable tanto para las mujeres, como para las personas de la disidencia sexogénerica, los «cobardes» y los opresores. Se establece un paralelismo entre la falta de «tanates» y algunos «anti-valores» señalados como poco deseables para los autores (porque, claro, al falo se le rinde culto y el falo es lo que nos hace personas). Este factor coloca, en este imaginario, a las mujeres en una condición bastante similar a la de la clase política corrupta. La última se hace merecedora del repudio del pueblo por sus acciones contra la dignidad humana, mientras que las primeras se hacen de él acreedoras por el simple hecho de tener una vagina en vez de un pene. Esta situación se hace evidente cuando, entre los versos, se utilizan el llanto (estereotípicamente femenino) y la palabra «nena» para denostar al/a-la destinatario/a de la pieza musical. La cereza en el pastel es el grito de —¡Matarile al maricón!—, invitación a la violencia y a los atentados contra la vida de aquellas y aquellos que osen no colocar el grado más alto de masculinidad como el objetivo de su existencia.

Tras la gestión de la sociedad civil norteamericana, la banda mexicana emitió hace unos días un comunicado en el cual defendía su creación artística y su libertad de expresión. Dejando en claro que la canción seguiría siendo interpretada (aunque ahora omitiendo el adjetivo «maricón»), la banda aprovechó para autoproclamarse vocera del pueblo. —Nuestra música da voz a la gente que no está en posición de hablar por sí misma y, muchas veces, cantamos acerca de cosas que algunos gobiernos no quieren que ustedes escuchen o vean— decía la declaración. Molotov defendió su obra al definirle como —una canción catártica sobre nuestra situación en México durante la última parte de los 90’s— y al señalar que las/os destinatarias/os eran —todo aquel que atente contra nuestra libertad, todos los cobardes que atentan contra la gente y cualquiera que atente contra la humanidad—. La banda remata declarando que —Nunca estuvo dirigida a faltarle al respeto a la comunidad gay—, como si pretendieran que la falta de consciencia sobre su homofobia y su misoginia les eximiera de toda responsabilidad.

Muchas y diversas fueron las respuestas generadas ante la respuesta de la banda mexicana. Para GLAAD, la posición de la banda resultó —tanto irresponsable como lamentable—; mientras que, en los blogs y en los comentarios de las notas periodísticas, el fanatismo alimentó el debate. Me parece digno de mención que, entre las personas de la disidencia sexogenérica, fueron muchos los posicionamientos en favor de Molotov. Estoy de acuerdo en que la censura no es el camino y creo que, por ahora, es conveniente seguir persiguiendo la utopía de la democracia. Lo lamentable para mí fue descubrir que había respuestas, en favor de la banda, del tipo «déjenlos cantar y cesen el análisis». Parece que, en la búsqueda de la inclusión, hay quienes están dispuestas/os a ceder un poco del discurso y aceptar que está bien ser insultado de vez en vez y ser considerada/o menos persona si en la superficie se nos acepta. Y no las/os culpo; entiendo que desentenderse de las ofensas o apropiarse de ellas puede confundirse fácilmente con la tolerancia que presuntamente perseguimos. Que podemos pensar que al asimilar la discriminación damos una experiencia de cátedra de inclusión y multiculturalidad. Y quizás sí, tal vez cuando sucede en los ámbitos personales lo que hacemos, al evitar la protesta, es gala de diplomacia. Pero, ¿qué pasa cuando se trata de figuras públicas que resultan una fuerte influencia para miles de personas? ¿Debemos dejar que propaguen su odio a través de todos esos medios de comunicación de los que tan poca gente es portavoz? En una verdadera democracia tal vez sí, porque en ella existiría la posibilidad de emitir réplicas y hacerlas igual de públicas. Tendríamos, en tal caso, acceso a un diálogo. Pero en nuestro contexto, donde los medios están coartados por el capital y su discurso es regulado por el mismo ¿debemos permitir que el discurso de odio se expanda libremente? Yo creo que no, aunque continúe oponiéndome a su censura. Propongo, en su lugar, el rechazo público.

¿Qué procede ante los discursos de odio si la censura no se acepta ni como sugerencia? Mi propuesta es la siguiente: si la banda ofrece bienes y servicios de contenido homófobo y misógino, entonces dejo de ser su cliente. Dejo de comprarles, no voy a sus conciertos y apago la tele cada vez que se aparecen. Apago la radio si suenan y hago mis críticas cada que me encuentro su sonido en los vagones del metro. Voy, por lo menos, a detener mi baile cada que su canción suene en el Marra.  No hay que esperar a que una corte de privilegiados hombres jóvenes heterosexuales capitalistas decidan en un tribunal qué es aceptable y qué nos vulnera o no. Hay que ejercer el poder que está a nuestro alcance: el de las y los consumidores, el de la ciudadanía.

David Ledesma Feregrino es Coordinador del Área de Juventud y Diversidad Sexual de ASILEGAL. Se autodefine como un humanista frustrado, atrapado en el cuerpo de un científico mediocre. En 2010 su cuento "Extrapolación del ser" fue publicado en la antología "Las cuatro esquinas del universo", publicación de la UNAM. Recientemente, ha sido reconocido por su ensayo "Otras voces, la Rayuela de las sociedades tecnológicas" (Concurso "La Ciencia Para Todos 2012") y por su cuento "Requiem por Viridiana" (10° Concurso de Cuento Histórico de la Universidad Iberoamericana). Le dicen la malquerida.
David Ledesma Feregrino es Coordinador del Área de Juventud y Diversidad Sexual de ASILEGAL. Se autodefine como un humanista frustrado, atrapado en el cuerpo de un científico mediocre. En 2010 su cuento “Extrapolación del ser” fue publicado en la antología “Las cuatro esquinas del universo”, publicación de la UNAM. Recientemente, ha sido reconocido por su ensayo “Otras voces, la Rayuela de las sociedades tecnológicas” (Concurso “La Ciencia Para Todos 2012”) y por su cuento “Requiem por Viridiana” (10° Concurso de Cuento Histórico de la Universidad Iberoamericana). Le dicen la malquerida.
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