Identidad sexual: una elección diaria

RemediosVaro-Almasgemelas
Remedios Varo-Almas gemelas

Por: Alejandra Sánchez (ASILEGAL/redacción)

Basándonos en teorías darwinianas libres de todo juicio de valor, la conservación de una especie sexuada[1] depende en gran medida de que la atracción se dé entre sujetos del sexo opuesto, pues sólo así se garantiza la reproducción y su respectiva recombinación de genes.

Es verdad, nacemos con órganos sexuales que no elegimos y la morfología de nuestro cuerpo suele diferenciarnos como “hembras o machos”. El género[2], en cambio, es una construcción social.

Las primeras hordas de humanos se dividían las labores como parte de su organización aumentando la eficiencia de su esfuerzo. En algún momento debieron decidir que esa división la determinaría el sexo de sus integrantes. Y fue así como empezó la identidad sexual.

Una niña se pone vestido, usa el color rosa, se deja crecer el cabello, aprende a desempeñar las tareas del hogar, juega con muñecas, llora y se asusta.

Un niño usa pantalón, sus primeras prendas son azules, es fuerte, utiliza herramientas, dice groserías, hace travesuras, le gustan los carritos y las armas, no debe llorar.

Son algunos de los rasgos principales o más comunes designados para cada uno de los sexos, convirtiéndolos en un género. Toda mujer, entonces, aprendió el comportamiento de mujer, así como todo hombre aprendió a actuar como hombre. Pero el proceso inicia cuando no se tiene conciencia, ni discernimiento, ni opinión. Por eso, al crecer, pensamos que el género y el sexo están natural y dogmáticamente adheridos entre sí. Por eso nos asusta que un “pene” se vista de “vagina” y viceversa.

En algunas culturas, las familias que tienen únicamente hijos varones eligen a uno de ellos para educarlo como se le educaría tradicionalmente a una niña: se le ponen vestidos, se le enseña a cocinar, se le inculca el cuidado de los demás. Otras sociedades, como la zapoteca, no hacen esto deliberadamente; sin embargo, cuando un varón se siente más cómodo en el rol femenino se le permite llevarlo con notable apertura, siempre y cuando contribuya con las labores de mujer y a su vez se encargue de cuidar a sus padres y proveer recursos a su familia, ya que nunca se casará.

Estos muxes [3]─que es el nominativo concedido a los hombres zapotecas (particularmente en la región de Juchitán) que eligen los vestidos y el hogar─ son, de hecho, heterosexuales. Se asumen como mujeres y por lo tanto buscan relacionarse con hombres (NO con otros muxes, ni con gays), siendo su principal atractivo el hecho de ser una alternativa para la experimentación sexual de hombres jóvenes y solteros, ya que se procura que las mujeres (las “hembras”) zapotecas permanezcan vírgenes hasta casarse. No obstante, en ocasiones sostienen lazos con hombres mayores o ya casados ─aunque no sea muy bien visto esto último─ pues el matrimonio se reserva para la reproducción y la crianza familiar. Curiosamente, no se sabe de niñas zapotecas que decidan manejarse como niños.

Aun con todo, este juego cultural de lo masculino y lo femenino es una falacia, de lo contrario ¿por qué percibirse como mujer incluye cuidar el hogar y subirse a un par de tacones en el mismo paquete? ¿Por qué ser hombre implica saltarse lo anterior o buscar justo lo contrario? ¿Por qué, en un contexto cotidiano,  ver a  un hombre cargando a su bebé o sirviéndole la cena a su esposa resulta tan extraordinario, conmovedor y loable? ¿Por qué estas mismas acciones ejecutadas por una “vagina” la convierten en la mitad pasiva de un universo donde sus aportaciones son complementarias y devaluadas? (Hay quienes dicen que el trabajo hogareño no cuenta como un trabajo real, porque “no produce un bien”).

Hasta el ejercicio sexual de un@s y otr@s está cargado de contradicciones: aunque un muxe asume un rol femenino, no se somete ─ni por convicción propia ni por presión externa─ al estricto precepto del decoro y la virginidad que se le exige a una “hembra”. Deductivamente, esto significa que la libertad sexual es concedida o negada con base en lo que se tenga entre las piernas al nacer. Nada más.

Es impactante saber que un pene, vestido del modo que sea, detenta más derechos que todas las vaginas disfrazadas.

Independientemente de esto, parece que aquello que llamamos tolerancia hacia quienes se salen de su rol socio-sexual ─llámense travestis, “afeminados”, “machorras”[4], metrosexuales, transexuales, etcétera─ podría ser en cambio una probadita raquítica (un “atole con el dedo”) del reconocimiento del derecho de las personas a su autodeterminación. A la elección, ya no de su preferencia (aunque también), sino de su identidad sexual. ¿Es presumible que tod@s tenemos ese derecho cuando ni siquiera lo concebimos como tal?

Sí, la identidad sexual, el rol, es un rasgo elegible…, aunque no siempre por un@ mism@.


[1] Se le llama así a toda especie cuya reproducción es de tipo sexual.

[2] Se entiende por sexo la diferenciación del aparato reproductor y/o genitales entre hembras y machos de una especie, mientras que género es el papel social que se desempeña en relación con el sexo. La identidad sexual se refiere al género con el que una persona se identifica, ya que responde a una categorización.

[4] El término “afeminado” es semánticamente correcto si se toma en cuenta que se refiere a algo o alguien que se asemeja a lo femenino, pero está entrecomillado porque a veces puede utilizarse o interpretarse como un adjetivo despectivo. En cuanto al término “machorra”, se podría reemplazar con una palabra más culta y menos intencionada, como “hombruna”, pero se incluye la primera forma para ejemplificar el uso más común, aunque incorrecto.

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