LOGROS de iure, ESPEJISMOS de facto.

Foto-Dulce García

Por: Alejandra Sánchez J. (redacción de ASILEGAL)

 (foto: Dulce García)

Todo lo que damos por hecho, todo aquello que no nos preocupa demasiado, lo que adoptamos por inercia o aquello de lo que a veces ni siquiera sabemos o preferimos no saber… También se trata de nosotros mismos y de nuestros derechos.

*Cuando, en una fiesta informal, la mitad de los invitados encienden su cigarro –porque a fin de cuentas están en confianza y a salvo de las autoridades-, hay otra mitad cuyo derecho a respirar aire sin humo de tabaco está siendo negado.

*Cada que se nos ocurre dejar la bolsa de la basura en el terreno baldío porque se nos hace más fácil que alcanzar al camión, atentamos contra la sanidad de todos los residentes del área.

*Esos viernes en la noche en los que el vecino pone su sonido a todo volumen e instala carpas en la vía pública, obstruyendo el paso, está faltando a la Ley Cívica y otras derivadas.

Unos a otros, nos fastidiamos y nos ponemos la zancadilla. Lo peor es que ya nos parece tan normal que simplemente decidimos perpetuar el juego de “te permito pisotear mis derechos porque yo también pisoteo los tuyos y ninguna de las partes intenta cambiar eso”.

Es disfuncional, sí, e impráctico, e incivilizado, y contraproducente… Todo eso y más. Pero como si eso no bastara, tenemos a nuestro poderoso Estado, que nos protege, nos procura, respalda nuestras garantías y hace cumplir toda aquella normatividad que ha sido creada para facilitarnos la vida y darle la dignidad que merece en todo sentido. Sí, –de iure– así es. De facto, es otra historia.

Hay un sinfín de cosas que nosotros no podemos controlar –al menos no directamente-, pero el Estado sí. Como las reservas naturales, cuyos valiosos y exóticos ecosistemas se protegen en nombre de la vida, la salud, la biodiversidad, el oxígeno y el bienestar presente y futuro del planeta. O los bosques que son talados porque una gran empresa necesita materia prima para producir papel, por ejemplo. También, claro, cuestiones como la ubicación de plantas de energía o fábricas de diversos tipos y el modo en que se manejen sus desechos: si terminan en ríos y mares; si su toxicidad puede absorberse por la piel o respirarse en el ambiente; si la actividad pesquera resulta afectada, etc.

O bien, el trabajo: tenemos derecho a un trabajo digno que nos permita cubrir nuestros gastos[1], a que la jornada no exceda las 8 horas[2], a que se nos haga partícipes de las utilidades[3] de la empresa en que laboramos, a que las horas extras se nos paguen al doble[4]

La realidad, lo sabemos, es que muchas veces las jornadas son de 10 horas; que el salario mínimo no alcanza ni para la modesta manutención de una sola persona; que hay abundante oferta de trabajo (de telemarketing, por ejemplo), pero no necesariamente “digno” si se pone a consideración que es forzoso engañar a las personas para comprometerlas a pagar productos que no están solicitando, que no necesitan y que han rechazado (siempre que se les ha preguntado realmente) y que de todo ese “truco” se deriva una comisión, ni tan jugosa ni tan cierta, para sumar al sueldo base; que los clientes en esos casos no sólo sufren una especie de robo disfrazado, sino también el quebranto de la garantía que les ofreció su gobierno de proteger sus datos personales, cuando de hecho es posible que casi cualquier persona de cualquier empresa con la que no se tiene nexo alguno nos llame a nuestra casa y nos identifique por nombre y apellido con cualquier fin que pretenda.

¿Y qué tal los alimentos de todo tipo? Pase lo que pase, hay que comer. Y, sin embargo, ¿podemos elegir qué es lo que nos alimenta día a día?

Sabemos de la existencia de los alimentos transgénicos y hasta la fecha seguimos preguntándonos si causan alteraciones en la salud (los casos de cáncer en todos los grupos de edad han aumentado exponencialmente, pero “no hay pruebas contundentes de que la tecnología empleada en nuestros alimentos sea dañina”).

Sabemos asimismo de los pesticidas y herbicidas que aplican a numerosas hectáreas de cultivo y que, por consecuencia, se impregnan en tantas verduras y frutas. Y definitivamente hemos escuchado o leído acerca de las hormonas que se les inyectan a las vacas para que den más leche o a varios tipos de ganado para que crezcan más rápido, con menor consumo de alimento y con carne más magra o alguna otra característica que reduzca los costos de producción y aumente las ganancias (que se hayan desatado una serie de casos de padecimientos de la tiroides y otros desórdenes hormonales y endocrinológicos pareciera demasiada casualidad).

A todo esto: ¿le damos la importancia que requiere? Y más importante: ¿lo sabemos? La respuesta es NO. Porque sin importar cuántos artículos científicos hayamos leído sobre el tema o qué tan buenos seamos en Biología, lo cierto es que cuando vamos al súper, a la recaudería, al restaurante, tenemos frente a nosotros ese elote, esa sandía, ese filete que por ningún lado nos indica cuál fue su proceso industrial, agrícola o de laboratorio. No sabemos si ese cereal tan rico proviene de un cultivo mixto (los celiacos[5] que coman avena[6] y tengan que correr al doctor poco después, sabrán por qué importa tanto). Ninguna etiqueta nos advierte qué modificaciones genéticas sufrió nuestro vegetal o qué comprobaciones se han realizado para asegurar que no nos envenenará de algún modo.

En cuanto a muchos otros aspectos, es cierto, pasa igual.

La ignorancia, la indiferencia, la imitación y la inercia son algunas de nuestras más terribles y pesadas maldiciones, ya sea en la política, en la economía, en las convenciones sociales o incluso en la alimentación. Si nos quitamos los derechos unos a otros, asumiendo que no es tan grave, que es normal; si permitimos que nos los quiten, puesto que es la costumbre sexenal; si de repente ya no importa o no vale poner atención a lo que hacemos, a lo que aceptamos, a lo que nos mantiene vivos y decidimos que está bien si igualmente puede matarnos o hacernos pasar muchos malos ratos; si así queremos que sea, ¿para qué la conquista de tantos derechos? ¿Y para qué jactarnos, humanos, de que somos los seres más evolucionados?

Pidamos, exijamos y también construyamos el bien propio y el colectivo. Con conciencia, convicción, organización y unión, las posibilidades son ilimitadas.


[1] Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, Art. 123 frac. VI: “los salarios mínimos generales deberán ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos”.

[2] Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, Art. 123 frac. I: “La duración de la jornada máxima será de ocho horas”.

[3] Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, Art. 123 frac. IX: “Los trabajadores tendrán derecho a una participación en las utilidades de las empresas”.

[4]Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, Art. 123 frac. XI: “Cuando, por circunstancias extraordinarias deban aumentarse las horas de jornada, se abonará como salario por el tiempo excedente un 100% más de lo fijado para las horas normales. en ningún caso el trabajo extraordinario podrá exceder de tres horas diarias, ni de tres veces consecutivas”.

[5] La Celiaca es una enfermedad sistémica, caracterizada por una inflamación crónica autoinmune que afecta al intestino delgado en individuos genéticamente susceptibles; desencadenada por la ingestión de gluten; afecta al 1% de la población en general. Ver: http://celiacosdemexico.org.mx, http://www.celiaco.org.ar/

[6] En general, se considera que la avena es apta para el consumo de “celíacos”, pero al mezclarse en el cultivo, la recolección y otros procesos con el trigo u otros cereales que contienen gluten, puede contaminarse y causar problemas.

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