ESPLENDOR TECNOLÓGICO DE LA SOCIEDAD Y SUS VICIOS

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Por: Alejandra Sánchez J. (Redacción de ASILEGAL)

Las redes sociales son espacios virtuales donde los usuarios interactúan con personas de gustos o intereses en común. Permiten una fácil comunicación con particulares, empresas, personajes públicos, asociaciones y otros. Son, en gran medida, administradas por sus mismos usuarios. La primera red social disponible en Internet de que se tiene conocimiento es una página llamada “Classmates.com”, creada en 1995[1]. Posteriormente, esta idea proliferó con redes como: Badoo, My Space, Sonico, Hi5, Facebook y Twitter, que son algunos de los ejemplos más populares.

Por supuesto, los negocios que se precian de estar a la vanguardia, incluyen sus perfiles en estos servidores tan visitados, tanto para darse a conocer como para mantener una relación “pos-venta” con sus clientes, lo que en realidad se traduce en una herramienta de estudio de mercado muy poderosa y prácticamente gratuita.


También en la esfera interpersonal se pueden experimentar beneficios tan simples y tan valiosos como el reencontrarse con amigos de la infancia, dar algún aviso urgente, compartir archivos, ponerse de acuerdo para un trabajo en equipo, etc.

En el universo de la sociedad civil organizada, una cuenta en Facebook (por citar alguno) puede ser la diferencia entre trabajar por una causa e incidir de facto a favor de la misma. La capacidad de difusión de una red social es tan amplia que permite encontrar coincidencia y formar lazos de cooperación con una facilidad insólita. Al menos en el plano ideológico, que es el primer paso.

De la misma manera, por desgracia, este instrumento puede usarse (y se ha usado) para fomentar el odio hacia algunos grupos humanos, instruir acerca de métodos de crueldad[2], facilitar extorsiones o secuestros, dañar la reputación de una persona mediante la difamación, y otras tantas depravaciones de la vida social.

Mientras much@s de nosotr@s nos preguntamos qué sería de nuestra “pobre” vida si el servidor de twitter colapsara inesperadamente, otros quizá deciden suicidarse porque el acoso virtual (o al menos iniciado por medios virtuales) ha transgredido los límites cibernéticos para trastornar su realidad hasta hacerla insufrible[3].

Lo más penoso de este asunto es que, al ser un sistema muy cercano al “autoservicio”, la noción de responsabilidad se pierde hasta el punto de considerar esos horribles incidentes como una parte inherente o una consecuencia fortuita -aunque lamentable- de la libertad de expresión. O al menos es la tangente de las corporaciones del internet. En resumen, el costo de la libertad de expresión de unos es pagado con el sacrificio de la paz, la salud, la dignidad y la integridad (física, psicológica, sexual…) de otros.

                ¿Es así como hemos de asumirlo?redes                          Foto: Dulce García

Estas redes suelen tener en sus menús la opción de denuncia para que el administrador pueda detectar y tomar medidas ante casos de abusos o infracciones. En teoría, lo que resulte ofensivo, degradante, fraudulento o de alguna forma peligroso, debiera ser revisado y, muchas veces, retirado o vetado. Pero lo cierto es que todo sucede en la informalidad de un formulario breve y predeterminado que no se sabe si es leído o no, pero que es fácilmente anulado por la frase “hemos revisado tu denuncia y consideramos que no existen infracciones…” o por la simple omisión, sin respuesta de por medio, así se trate de un perfil donde una persona esté vendiéndose o de un club discriminatorio hacia algún grupo social, racial, de género u otros. (Pero no se hable de cerrar una ventana de publicidad, porque entonces sí hay una respuesta inmediata).

Es comprensible que la masividad del fenómeno socio-tecnológico dificulte el monitoreo riguroso de todos los casos que debieran vigilarse. Es lógico también que cada usuario –supuestamente de edad suficiente o capacidad de discernimiento adecuada- deba asumir su propia responsabilidad al ingresar a ese mundo tan vasto e intrincado. Lo que no tiene excusa es la indiferencia con que un caso denunciado múltiplemente, agravado y continuado no se atienda y que las salvaguardas de estas empresas sigan siendo tan permisivas ante las infracciones más evidentes y tan ajenas ante sus más abominables efectos[4].

Así tampoco se puede dejar de lado que, al ser nuestra sociedad (local, regional, mundial) y al ser nuestros propios fundamentos (humanos y humanitarios) los que se transgreden y se corrompen, la responsabilidad individual se traslada a una responsabilidad compartida[5].

“¿Qué puedo hacer YO para que las redes, los valores, la convivencia, el mundo, sea(n) mejor(es) que esto?” Es lo que siempre debemos tener en mente.


[2] El periódico el País publicó una nota en la que explica que existía un manual para practicar la lapidación, mismo que fue retirado por motivos ajenos a su naturaleza repudiable. Ver: “Facebook retira una guía para lapidar por infringir el copyright”, en: http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/03/11/actualidad/1363023085_252643.html

[3] En los sonados casos de suicidio de adolescentes por causa del bullying, pudo apreciarse que el factor individual de autoestima fue un detonante. Sin embargo, como seres sociales y sujetos de derecho, asumimos ambos roles: el de merecer respeto y el de otorgarlo. Que una persona sea resistente, no justifica forzar sus límites.

[5] Cita: “Es fácil eludir responsabilidades, pero es imposible eludir las consecuencias de haber eludido responsabilidades” (Anónimo).

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