“TRADICIONES vs DERECHOS HUMANOS: ¿DIFERENCIAS RECONCILIABLES?”

Fotos- Sara Vera (ASILEGAL)
Por: Alejandra Sánchez J. (Redacción de ASILEGAL)

Fotos: Sara V.

Todos los pueblos y civilizaciones tienen derecho a que su forma de vida, cosmovisión, cultura, tradiciones y folklore, sean respetados. Sin embargo, existen preceptos universales (aunque quizás no lo sean) acerca de cómo debe ser el comportamiento de las personas en relación con sus semejantes y de cómo cada ser humano posee derechos muy específicos, sin importar su origen ni otras variables porque, a fin de cuentas, es humano.

Hablar de violaciones a los derechos humanos por razones culturales es una cuestión my subjetiva, pues hay una gran discrepancia sobre lo que se considera correcto e incorrecto en las diferentes latitudes del mundo y hasta dentro de un mismo país.

Desde la óptica occidental, nos vienen a la mente ejemplos como el uso de la burka (o el burka), prenda tradicional musulmana que porta la mujer en algunos países islámicos y que para muchos de nosotros es una restricción a las libertades de la mujer, como un símbolo que la vuelve invisible y la deja sin voz ni voto en su sociedad. Los musulmanes, en cambio, plantean que éste es un modo de respetar a la mujer, de conferirle dignidad y no volverla un objeto de exhibición y comercio, como hace muchas veces la tv y la publicidad en este hemisferio.

Entonces, ¿es posible determinar quién tiene razón de manera absoluta sin invalidar el derecho de autodeterminación de los pueblos y asimismo sin pasar por alto directivas que, independientemente de las idiosincrasias, son vejaciones reprochables?

La Asamblea General de las Naciones Unidas, desde su “Estudio preliminar sobre la promoción de los derechos humanos y las libertades fundamentales mediante un mejor entendimiento de los valores tradicionales de la humanidad”[1] (documento previo a la resolución A/HRC/21/L.2), afirmó:

“…son varios los valores tradicionales que están en el origen de los derechos humanos universales, pero algunos han contribuido a justificar la subordinación de las mujeres y de los grupos minoritarios en el mundo, tanto en países occidentales como no occidentales.”

En primer lugar, es imposible librarse de la ambigüedad y la controversia si se empieza por llamar valores a una amplia gama de prácticas que, según se reconoce en el mismo párrafo, incluyen “algunos” que “han contribuido a” perjudicar grupos humanos, cualesquiera que estos sean.

Aun obviando este extraño razonamiento, permanece la disyuntiva entre la promoción de los derechos humanos y la tolerancia hacia las culturas ajenas.

Dado que a lo largo de los años y las discusiones ha sido imposible unificar ambos criterios, una opción esclarecedora consiste en explorar lo que la parte afectada tiene que decir; en este caso, los miembros de aquellos grupos a quienes las medidas drásticas de la tradición impactan:

Por ejemplo, Waris Dirie, en su libro “Amanecer en el Desierto”, narra pasajes de su vida como oriunda de Somalia, un país que ha sufrido los embates de la guerra civil, el hambre y la pobreza, pero que además alberga una importante cantidad de población musulmana, lo cual le significó varias limitantes en su condición de mujer. Además, Waris, quien más tarde se convertiría en una reconocida modelo y activista tras abandonar su tierra, experimentó el rudo procedimiento de la mutilación genital femenina[2], hecho que relata con matices de angustia y horror, si bien resalta que, siendo una condición para ser aceptadas en la sociedad, muchas niñas incluso desean que llegue ese momento en sus vidas.

Dirie habla igualmente de su experiencia con respecto al sexo, señalando que fue víctima de violación por parte de un familiar en un contexto en el que no existía defensa posible ni oídos que se prestaran a escuchar o se interesaran sin una actitud represiva y condenatoria de por medio.

También Rigoberta Menchú[3], en la crónica biográfica relatada por Elizabeth Burgos, da testimonio de los matrimonios convenidos y su relación con la economía familiar por una tradición que suprime la libertad para elegir a la pareja y la decisión de casarse, convirtiéndose en una dinámica mercantil con la cual esta protagonista está en desacuerdo.

Ahora bien, para acercarnos más al contexto presente, cabe mencionar que, luego de que se aprobara la resolución A/HRC/21/L.2 en septiembre de 2012 (precisamente titulada “Promoción de los derechos humanos y las libertades fundamentales mediante un mejor entendimiento de los valores tradicionales de la humanidad”), los grupos en defensa de los derechos LGBTTTI manifestaron su preocupación por la ambigüedad de los términos de la misma en cuanto a lo que les compete y les perjudica potencialmente dentro de sus respectivos Estados y en el contexto universal.

El Movimiento Chileno de Integración y Liberación Homosexual[4] y la Comunidad Homosexual de Nicaragua[5], por citar algunos ejemplos, enfatizaron la relación que los valores tradicionales tienen con las posturas homofóbicas más arraigadas, señalando asimismo la actitud adversa que el gobierno ruso (arduo promotor de la citada resolución) ha mostrado hacia las uniones homosexuales.

De este tipo de acepciones que dan pie a una serie de ambivalencias, rinde cuenta Human Rights Watch en una carta dirigida a la ex canciller mexicana, Patricia Espinosa Cantellano, cuyo texto reza, entre otras cosas:

“…no existe una definición de consenso del término empleado por la Federación Rusa sobre valores tradicionales de la humanidad…, el debate sobre la relación entre los valores tradicionales y los derechos humanos dejó de manifiesto que existen opiniones contrapuestas”.[6]

Quizás una forma más diligente y exhaustiva de construir estas resoluciones, sería establecer una lista explícita de aquello que no podrá sustentarse en la tradición y que, en cambio, se considerará una infracción a los acuerdos internacionales sobre derechos humanos, aunque sabemos de sobra que una labor titánica como esa podría tomar mucho más tiempo y discusiones. Es aquí donde cabe y es totalmente pertinente la intervención de la sociedad civil, para proveer el impulso suficiente en la dirección correcta.


[2] A pesar de que el Islam NO sugiere la ablación de los genitales femeninos, esta es una práctica común en los países con población musulmana. Sin embargo, se estima que surgió incluso antes que el mismo Islam y que se realiza también entre coptos, cristianos y otros grupos religiosos, pues se trata más de una cuestión cultural respectiva al rol social de la mujer.

[3] Mujer guatemalteca perteneciente a los pueblos originarios de esa región. Ganadora del Premio Nobel de la Paz y conocida por el libro “Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia”, de Elizabeth Burgos.

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